Al atardecer frente al espejo,
Al triste ocaso de mis días,
Hago un sumario de mi travesía,
Un rostro marchito y un sueño viejo.
Cuando la sombra del aula mía
Cabecillas blancas, al mediodía,
Del sol inclemente les protegió.
Mis manos menudas y descuidadas
Enjugaron lágrimas, les consolaba
Luego, cual flor con rocío,
Felices, audaces, se sonreían…
Pienso entonces de madrugada:
Que mis emociones permean las suyas,
Mi dolor les conmueve,
Mi dicha les regocija
Mis ideas se arraigan y acarician
Sus fértiles pensamientos
Traduciéndose a menudo
En sus procederes, su comportamiento.
¡Qué oficio tan noble me ha sido dado!
¿Merezco acaso, tan bella labor?
Ser de pronto, portavoz del pasado,
Ancestros, genios y hadas, de fantasía un trovador…
Horas transcurren, mi jornada no acaba,
Quiero sorprenderles al llegar el alba,
Corrijo, calculo, dibujo y borraba.
Que posea el encanto de mariposillas,
Que lean, que rían, que escriban poesía,
Que iluminen el cielo de con sus vocecillas.
Sin embargo, a menudo mi voz lacerada se disipa
Y mi cuerpo inerte por atroz fatiga
Se agita entonces mi mente y medita,
Sobre la futilidad de mi lucha, eso me hostiga.
Cuando de hambre y de sed padezco,
Cuando indiferentes un desdén me envían,
Y en conversaciones con crueldad me infaman,
Debieran decir: usted le enseña, lo agradezco.
En medio de mi nocturno desvarío,
En medio de mi martirio silente,
Veo sus rostros inocentes y sonrío,
Oigo risillas, sus tiernos labios
Besando mi frente.
No, no es en vano me digo,
Y las lágrimas emergen como torrente,
Humilde magisterio, ¡yo te bendigo!,
Aunque fatuos te menosprecien insolentes…
María Ruiseñor
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